sábado, 27 de diciembre de 2008


Quisiera que NO se me exigiera ser fuerte, que se entendiese que no puedo, ya no más. Tengo razones para seguir creyendo, puedo encontrarlas en los rincones de mi oscuridad, pero ya no tengo la fuerza suficiente para enfrentar algunas cosas. No tengo la fuerza ni la voluntad.Hoy soy presa de mi sensibilidad, de las lágrimas fáciles, muy fáciles, pero al mismo tiempo, completamente privadas. Y no es algo que me disguste, me agrada mi sensibilidad (hoy lo puedo decir sin ningún problema) y creo, (en el fondo estoy segura), que es lo que me corresponde.No soy fuerte, pero tampoco necesito serlo. Luché contra mil y un demonios. Fui vencida por unos dos mil demonios más. Comencé con el pie izquierdo y aún me tambaleo. Aún hoy, con casi 18 años no sé caminar correctamente. Caí profundo y despacio. Y me he golpeado duro, muy duro. En la frente, en la cabeza, en los codos, en los brazos, en las rodillas. Pero sobre todo, la vida me ah golpeado en el alma. No sólo perdí varias guerras, sino que también me quede sin aquello que me llenaba de energía. No hay posibilidades: es irrecuperable. Deposite mi fuerza en aproximadamente 47 camillas y 10 habitaciones de hospital. La tome de la mano y entre con ella 13 veces al mismo espantoso y frió quirófano. Ya allí, la abrace contra mi pecho como a un peluche, apreté fuertemente mis manos y cerré los ojos y sentí el pinchazo en la vena, la anestesia congelándome la sangre y el cuerpo, y con miedo con muchisimo miedo abrace contra mi cuerpo no sólo mi fuerza, sino también mi valentía. Las abrace a ambas y con ellas, salí 13 veces viva de ese lugar lleno de luz, lleno de médicos que sonreían como payasos, lleno de pinzas, bisturis y demás elementos plateados que me violaban el cuerpo mientras yo dormía tranquila. Deposite mi fuerza delante de un Psiquiatra jefe de Salud Mental Infantil de la Obra Social de mama, y la vi hacerse pedazos delante del escritorio de ese hombre del cual ya no recuerdo ni la voz. Sucedió lo mismo delante de otros cuatro médicos, intente reconstruir mi escudo de cristal siempre que caía al suelo en mil pedazos. Sus pequeños trozos de vidrio me costaron mucha, muchisima sangre. Demasiado dolor. Me costaron lágrimas que nadie va a devolverme. Me costaron mentiras que mataron confianzas, que me dolieron hasta los huesos. Sus pequeños trozos de vidrio me perforaron el alma, sin piedad, llenos de indiferencia...Ya no lo quiero, ya no lo necesito. Me di por vencida. Sólo así puedo empezar de cero, reiniciarme como una computadora, encontrarle un sentido. No olvidar lo que perdí, pero si que lo tuve. No quiero ser fuerte. No quiero que me justifiquen a mi. No quiero intentarlo. No quiero quererlo. No quiero tenerlo. No quiero ser fuerte. No quiero, y es por mí. Hoy me quedo con mi debilidad, con mi fragilidad, duermo sin anestesia de por medio abrazada a esas cualidades de mi ser, y no quiero perderlas, porque estoy acostumbrada a ellas. Esa es una razón: Hábito. Ya he sido valiente durante muchos años, más valiente de lo que debía, de lo que se esperaba. No creo que las cosas puedan ponerse peor, pero con esto quiero decir tranquilamente y sin problema, que no puedo. Y quiero que se entienda: NO puedo, ya hace tiempo que no tengo los brazos en alto. Ya hace mucho tiempo que miente mi sonrisa. Tengo un alma con vida, pero sin color, y no quiero ser fuerte. Necesito mi debilidad, un cielo lleno de estrellas, respirar hondo muy muy hondo e intentar empezar todo de nuevo. Necesito paz. Únicamente paz.

No hay comentarios: